LOS TESTIGOS DEL ETERNO
“Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios ni lo será después de mí. Yo, yo soy Jehová, y fuera de mí no hay quien salve. Yo anuncié y salvé, hice oír y no hubo entre vosotros dios ajeno. Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios” (Is.43:10-12).
Introducción
1.Un llamado a Israel y las naciones a presentar sus testigos
Desde el primer capítulo de Isaías, el Señor llama a los cielos y la tierra para que sean testigos de la rebelión de su pueblo, (Is.1:2) y hasta el capítulo 39 les habla de la gracia, de la venida del Mesías y de los sufrimientos que les vendrían por haber transgredido el pacto. Las incursiones de las naciones serían utilizadas por Dios para hacer volver a su pueblo a los vínculos del pacto.
A partir del capítulo 40 hasta el 66, el Señor envía a su pueblo un mensaje de consolación, de perdón, de gracia y esperanza: La promesa de la venida del Mesías y la restauración de la tierra.
LBA Isaiah 40:1 Consolad, consolad a mi pueblo — dice vuestro Dios. 2 Hablad al corazón de Jerusalén y decidle a voces que su lucha ha terminado, que su iniquidad ha sido quitada, que ha recibido de la mano del SEÑOR el doble por todos sus pecados. 3 Una voz clama: Preparad en el desierto camino al SEÑOR; allanad en la soledad calzada para nuestro Dios. (Isa 40:1-3 LBA).
2. Los siervos del Dios Todopoderoso[1]
a) Jacob, Israel, su pueblo
R95 Isaiah 42:19 ¿Quién es ciego, sino mi siervo? ¿Quién es tan sordo como mi mensajero que envié? ¿Quién es tan ciego como mi escogido, tan ciego como el siervo de Jehová? (Isa 42:19 R95).
b) El Mesías
LBA Isaiah 42:1 He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre Él; Él traerá justicia a las naciones. 2 No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle.3 No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo mortecino; con fidelidad traerá justicia.4 No se desanimará ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia, y su ley esperarán las costas. 5 Así dice Dios el SEÑOR, que crea los cielos y los extiende, que afirma la tierra y lo que de ella brota, que da aliento al pueblo que hay en ella, y espíritu a los que por ella andan: 6 Yo soy el SEÑOR, en justicia te he llamado; te sostendré por la mano y por ti velaré, y te pondré como pacto para el pueblo, como luz para las naciones,7 para que abras los ojos a los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de la prisión a los que moran en tinieblas. 8 Yo soy el SEÑOR, ese es mi nombre; mi gloria a otro no daré, ni mi alabanza a imágenes talladas. 9 He aquí, las cosas anteriores se han cumplido, y yo anuncio cosas nuevas; antes que sucedan, os las anuncio. (Isa 42:1-9 LBA).
Así pues, vemos que se diferencian dos siervos del Señor: Uno que es ciego y sordo, este es el pueblo de Israel; otro que está puesto como pacto y luz para las naciones; este es el Mesías.
- ¿Cuál es mensaje que tiene que publicar el siervo de Dios ante todas las naciones?
El principal mensaje que tiene que transmitir es la gracia de Dios a través del Mesías, (Is.52:13-53:12), la eternidad de la palabra del Señor (Is.40:6-10), y la recompensa a sus hijos fieles mediante el juicio. El Señor no compartirá su gloria con los ídolos. (Is.42:8)
- Llamados a testificar
En la palabra del Señor y la revelación “los testigos del Señor” son muchos y muy variados: Los cielos y la tierra, el libro de la ley, los diez mandamientos, el pacto antiguo, el cántico de Moisés, las piedras, los ángeles, los profetas, el pueblo de Israel, el nuevo pacto, el Creador, el Espíritu Santo, Cristo el testigo fiel y verdadero, los apóstoles, la iglesia, el creyente, la misma historia y la revelación profética. También el santuario y los seres celestiales que el Señor utiliza son testigos, para dejar constancia de su palabra y de sus actos, relacionados con su creación, su plan redentor, el juicio y la nueva creación. El testimonio de estos testigos queda registrado en los libros celestiales con el fin de testificar en el día del juicio final del amor Dios, de su misericordia y de su justicia, y también sobre el conflicto cósmico entre el Creador y sus criaturas. Todas las naciones y el universo entero serán testigos de los actos del Dios Todopoderoso. Un día el juez se sentará en el tribunal celestial, los libros se abrirán y los testigos darán su testimonio.
Así pues, todos estos testigos y el pueblo del Dios Todopoderoso están llamados a testificar con veracidad de lo que han visto y oído acerca de la justicia de Dios, de su amor y de su misericordia y de las acusaciones de Satanás; de la acusación de una persona por transgredir la ley de Dios. Están llamados a testificar ante el tribunal de justicia, con fidelidad y veracidad de los hechos que conocen, que han visto y oído presencialmente o les ha sido revelados. Están llamados a decir la verdad y testificar fielmente delante de un tribunal, si son requeridos, de los hechos que conocen y que son considerados relevantes por alguno de los litigantes para la resolución del asunto objeto de controversia.
Aparte de los litigios entre humanos y su resolución, toda la creación está a la expectativa del desenlace judicial en el tribunal celestial, de su veredicto y ejecución final sobre el conflicto universal entre el Creador de los cielos y la tierra y su oponente criatura, llamado el querubín protector, el diablo y Satanás. Dentro de este conflicto trataremos de responder a la pregunta sobre los testigos de Dios, sobre la importancia de su testificación y sobre el desenlace en el juicio.
Vamos a identificar los testigos más importantes y la relación que tienen con el plan de la redención, la justicia de Dios, la restauración de la imagen del Señor, la eliminación del mal y la creación de una nueva tierra.
Así pues, vamos a dividir la investigación en tres puntos:
A. Las ciudades de refugio y la justicia de Dios
B. Los testigos del Señor y la fidelidad al Pacto
C. Los tres testigos en el día del juicio final
A. LAS CIUDADES DE REFUGIO Y LA JUSTICIA DE DIOS.
Una pregunta que debemos respondernos, si queremos aprender de la justicia de Dios y progresar en la aplicación de la justicia y la misericordia es: ¿Cómo juzga el Señor ante el caso de un homicidio y la transgresión de la ley?
El pecado más grave que habla la Biblia es contra el Espíritu Santo. Para este pecado, no existe previsión de sacrificio sustitutorio para expiar la culpa del pecador. El pecado de quitar la vida a un ser humano con premeditación y alevosía, por odio, enemistad y rencor, este pecado no tiene expiación sustitutoria, salvo con la entrega de la propia vida (Num.35:33; Mt.12:30-32; Heb.6:1-8). No obstante, aún para este pecado de asesinato el Señor ha provisto una solución que mostraremos más adelante.
Con el fin de impartir justicia, el Señor dispuso de seis ciudades para que se refugiase en ellas el homicida. También dispuso de un tribunal competente para que dictaminara una sentencia justa por medio de la aplicación de unas normas y leyes que decidirían la sentencia del veredicto de los jueces.
- Las ciudades de refugio y su simbología.
En el caso de homicidio, el juicio se producía en una de las seis ciudades de refugio que el Señor ordenó separar en el territorio de Israel para tal fin. Estas ciudades estaban diseñadas para que huyeran los homicidas con el objetivo de alcanzar la ciudad de refugio con éxito y ser protegidos del vengador, alcanzando la ciudad de refugio con éxito hasta que se produjera la sentencia judicial.
“El Señor habló a Moisés en los campos de Moab, junto al Jordán frente a Jericó, diciendo: Manda a los hijos de Israel que den a los levitas, de la posesión de su heredad, ciudades en que habiten; también daréis a los levitas los lugares de pasto en los contornos de esas ciudades. Y tendrán ellos las ciudades para habitar, y los contornos de ellas serán para sus animales, para sus ganados y para todas sus bestias. Y de las ciudades que daréis a los levitas, seis ciudades serán de refugio, las cuales daréis para que el homicida se refugie allá; y además de estas daréis cuarenta y dos ciudades. Todas las ciudades que daréis a los levitas serán cuarenta y ocho ciudades con sus ejidos.” (Núm.35:1-7)
Después que el pueblo de Israel repartió las tierras, separaron seis ciudades de refugio: Tres ciudades en la tierra de Canaán y otras tres al oriente de Jericó. “Entonces señalaron a Cedes en Galilea, en el monte de Neftalí, Siquem en el monte de Efraín, y Quiryat-arbá (que es Hebrón) en el monte de Judá.
Y al otro lado del Jordán al oriente de Jericó, señalaron a Béser en el desierto, en la llanura de la tribu de Rubén, Ramot de Galaad de la tribu de Gad, y Golán en Basán de la tribu de Manasés. Estas fueron las ciudades señaladas para todos los hijos de Israel, y para el extranjero que morase entre ellos, para que se acogiese a ellas cualquiera que hiriese a alguno por accidente, a fin de que no muriese por mano del vengador de la sangre, hasta que compareciese delante de la congregación.” (Jos.20:7-9)
Elena de White nos comenta que la conservación de los caminos y los indicadores hacia la ciudad de refugio debían conservarse en buen estado con el propósito de facilitar la huida del homicida a la ciudad de refugio.
“Las ciudades de refugio estaban distribuidas de tal manera que había una a medio día de viaje de cualquier parte del país. Los caminos que conducían a ellas habían de conservarse en buen estado; y a lo largo de ellos se habían de poner postes que llevaran en caracteres claros y distintos la inscripción “Refugio” o “Acogimiento” para que el fugitivo no perdiera un momento. Cualquiera, ya fuera hebreo, extranjero o peregrino, podía valerse de esta medida.” (PP. pág.551-552)
Estas ciudades de refugio eran un símbolo del refugio proporcionado por Cristo. Todos los seres humanos están condenados a la muerte eterna por transgredir la ley de Dios, y necesitan refugiarse del enemigo perseguidor y esperar un juicio justo que les de la esperanza a través del sacrificio expiatorio de Cristo. Elena de White lo dice con estas palabras: “Las ciudades de refugio destinadas al antiguo pueblo de Dios eran un símbolo del refugio proporcionado por Cristo. El mismo Salvador misericordioso que designó esas ciudades temporales de refugio proveyó por el derramamiento de su propia sangre un asilo verdadero para los transgresores de la ley de Dios, al cual pueden refugiarse de la segunda muerte y hallar seguridad. No hay poder que pueda arrebatar de sus manos las almas que acudan a él en busca de perdón.” (Se cita Rom.8:1,34; Heb.6:18). PP, pág.553.
“El que huía a la ciudad de refugio no podía demorarse. Abandonaba su familia y su ocupación. No tenía tiempo para despedirse de los seres amados. Su vida estaba en juego y debía sacrificar todos los intereses para lograr un solo fin: llegar al lugar seguro. Olvidaba su cansancio; y no le importaban las dificultades. No osaba aminorar el paso un solo momento hasta hallarse dentro de las murallas de la ciudad”.
“El pecador está expuesto a la muerte eterna hasta que encuentre un escondite en Cristo; y así como la demora y la negligencia podían privar al fugitivo de su única oportunidad de vivir, también pueden las tardanzas y la indiferencia resultar en ruina del alma. Satanás, el gran adversario, sigue los pasos de todo transgresor de la santa ley de Dios, y el que no se percata del peligro en que se halla y no busca fervorosamente abrigo en el refugio eterno, será víctima del destructor” (PP, pág.553-554).
- Un tribunal de justicia competente y fiel.
El homicida que se acogía a una de estas ciudades de refugio debía presentarse a la puerta de la ciudad, y exponer su caso a los ancianos de la ciudad y ellos le recibirían dentro de la ciudad para que habitase con ellos hasta la celebración del juicio (Jos.20:3-4,6).
El juicio se hacía públicamente ante el homicida y el acusador, ante los testigos y el tribunal de justicia compuesto por los ancianos, los jueces, los sacerdotes y ante la asamblea de los que conformaban la ciudad de refugio.
El tribunal de justicia no podía aceptar el testimonio de un solo testigo pues podía ser alguno de ellos falso. “Estas cosas os serán por ordenanzas de derecho por vuestras edades, dondequiera que habitéis. Cualquiera que dé muerte a alguno, por dicho de testigos morirá el homicida; más un solo testigo no hará fe contra una persona para que muera” (Nm.35:29-30). “No se tomará en cuenta a un solo testigo contra ninguno en cualquier delito ni en cualquier pecado, en relación con cualquier ofensa cometida. Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación” (Deut.19:15).
Los dos litigantes debían presentarse delante de Jehová, y delante de los sacerdotes y de los jueces que estuvieran en funciones en aquel momento. Los jueces debían inquirir bien sobre la veracidad del testimonio de los testigos y si alguno de ellos resultaba ser falso su testimonio debería recaer la acusación sobre él mismo, “entonces haréis a él como él pensó hacer a su hermano; y quitarás el mal de en medio de ti” (Deut.19:18).
El veredicto de los jueces se basaba en la intencionalidad premeditada del homicida o bien en la casualidad. Si el homicidio era por odio, enemistad, rencor y planificación del homicidio con instrumento de hierro, piedra o palo y se producía la muerte, el homicida debía morir. “El vengador de la sangre dará por su propia mano muerte al homicida; cuando lo encuentre, él lo matará” (Nm.35:16-21). El comentario que hace Elena de White sobre este pasaje es el siguiente: “En los casos en que la culpabilidad era clara y evidente, no era menester esperar que los magistrados juzgaran al homicida. El vengador podía buscarlo y perseguirlo dondequiera que lo encontrara. El Señor no tuvo a bien abolir esa costumbre en aquel entonces; pero tomó medidas para afianzar la seguridad de los que sin intención quitaran la vida a alguien” (PP, pág.551). Si el homicidio se había producido casualmente y sin intencionalidad, el causante podía quedar en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote.
- Ejecución de la sentencia
El dictamen de la sentencia y su aplicación estaban situados en el contexto de la ley del talión, tanto para los testigos falsos que testificaban ante los jueces como para los homicidas: “Cuando se levante testigo falso contra alguno, para testificar contra él, entonces los dos litigantes se presentarán delante de Jehová, y delante de los sacerdotes y de los jueces que estén en funciones entonces. Y los jueces inquirirán bien; y si aquel testigo resulta falso, y ha acusado falsamente a su hermano, entonces haréis a él como él pensó hacer a su hermano; y quitarás el mal de en medio de ti. Y los que queden oirán y temerán, y no volverán a hacer más una maldad semejante en medio de ti. Y no le compadecerás; vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Deut.19:17-21).
En este escenario la comunidad debía aplicar la sentencia del tribunal: Muerte para el testigo falso y también muerte para el homicida con premeditación. Por otro lado, reclusión en la ciudad de refugio al homicida sin intencionalidad, el cual debía quedar en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote. La sentencia establecía que no se debía tomar precio por la vida del homicida culpable, porque había sido condenado a muerte por homicidio premeditado y debía morir indefectiblemente. Tampoco se podía tomar precio por el que había sido aceptado en la ciudad de refugio, pero debía quedar en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote. ¿Por qué esta diferencia en el dictamen?
Para los testigos falsos y el homicida con premeditación no existía sacrificio expiatorio sustitutorio, debían pagar con sus propias vidas la transgresión de la ley para satisfacer sus demandas, mientras que para el homicida sin intencionalidad estaba obligado a quedar en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote, pero después quedaba libre para regresar a su ciudad y su familia. La ley revelada a Moisés por el Señor así lo declaraba. ¿Por qué esta diferencia en términos expiatorios? La ley y las enseñanzas de Jesús nos aclaran la diferencia.
La ley de Dios de los diez mandamientos ya lo había recogido: “No matarás” y “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Ex.20:13,16). El veredicto sobre los transgresores de ley era la muerte. Cristo amplió y magnificó la ley y los diez mandamientos. “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasarán de ningún modo de la ley, hasta que todo se haya realizado. Por tanto, cualquiera que suprima uno de estos mandamientos aun de los más insignificantes, y enseñe así a los hombres, será llamado el menor en el reino de los cielos; más cualquiera que los cumpla y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. Porque os digo que, si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, de ningún modo entraréis en el reino de los cielos.
Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que mate será reo de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje con su hermano será reo de juicio; y cualquiera que diga a su hermano: Imbécil, será responsable ante el sanedrín; y cualquiera que le diga: Insensato, será reo del fuego de la gehena” (Mt.5:17-22).
Y un poco más adelante en este mismo sermón, Jesús continúa diciendo: “Oísteis que fue dicho: “Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al malvado; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitare la túnica, déjale también la capa…” (Mt.5:38-40).
Es decir; Jesús amplia la ley y le otorga el verdadero significado en el contexto del juicio, con misericordia y justicia. Debemos perdonar y podemos ser perdonados, pero siempre tendremos que dar cuenta de nuestras transgresiones ante el tribunal de justicia en el día del juicio, no solamente por matar físicamente, sino también por los insultos.
El pecado por homicidio deliberado no tenía sacrificio expiatorio sustitutivo[2] y por lo tanto la persona debía pagar con su vida. “Y no contaminaréis la tierra donde estéis; porque esta sangre amancillará la tierra, y la tierra no será expiada de la sangre que fue derramada en ella, sino por la sangre del que la derramó” (Num.35:33). Este proceder homicida y deliberado que no desea perdonar es el pecado contra el Espíritu Santo que no tiene perdón, porque rechaza el sacrificio expiatorio de Cristo para hacer su sacrificio propio, como hicieron Caín y Judas. También Satanás tendrá que expiar la culpa de sus propias transgresiones y por los pecados que indujo a cometer a los transgresores. (Lv.16:10). Estos transgresores de la ley deben expiar su culpa con sus propias vidas y de esta forma la ley queda aplicada y la justicia solucionada (Gen.4:3-11; Mt.27:3-5; Mt.12:30-32; Heb.6:1-8; Heb.10:26-31).
Sin embargo, los transgresores de la ley que se acogen al sacrificio de Cristo y acuden a la ciudad de refugio son perdonados. Un ejemplo de perdón lo vemos en el rey David que, aunque planeó el asesinato de Urías, no fue condenado porque se arrepintió profundamente y aceptó las promesas expiatorias del Señor (2ªSam.11; 12; Salmos 32; 51 y 62). David confió plenamente en Dios como su refugio. “Solamente en Dios descansa mi alma; de él viene mi salvación. Solamente él es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré mucho. ¿Hasta cuándo maquinaréis contra un hombre, tratando todos vosotros de aplastarle como pared que se desploma y como cerca que se derrumba? Solamente consultan para arrojarle de su altura. Aman la mentira; con su boca bendicen, pero maldicen en su corazón. Alma mía, reposa solamente en Dios, porque de él procede mi esperanza. Solamente él es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; en Dios está mi roca fuerte, y mi refugio. Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio (…). Una cosa ha dicho Dios; dos veces la he oído yo: Que de Dios es el poder, y tuya, oh, Señor, es la misericordia; porque tú pagas a cada uno conforme a su obra” (Sal.62:1-8,11-12).
El homicida sin intención quedaba libre a la muerte del sumo sacerdote (Jos.20:6). En el Antiguo Testamento no tenemos ninguna explicación sobre las razones por las que el homicida, que había sido declarado inocente, debía quedar en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote, salvo la no intencionalidad. A parte de ello, si dejaba la ciudad de refugio, el vengador de la sangre podía darle muerte quedando sin culpa, amparado en la ley del talión. Podemos ver que, este es un veredicto bastante diferente ya que permite al homicida vivir en libertad, aunque dentro de la ciudad de refugió, que no podía abandonar; mientras que el homicida que planificó el homicidio debía morir.
Entendemos que la razón se encuentra en las demandas de la ley que requiere la vida del homicida, tanto del uno como del otro, pero la diferencia radicaba en que uno había planeado la muerte, mientras que el otro no tuvo ninguna intencionalidad. Los dos debían pagar con la vida para expiar su culpa, pero el homicida que quedaba en la ciudad de refugio confiaba en que a la muerte del sumo sacerdote quedaba libre de su culpa y podía regresar a su ciudad y su familia, en tanto que el homicida que había planeado el homicidio, no se arrepentía de sus actos, ni aceptaba el sacrificio expiatorio de Cristo como cordero expiatorio e intercesor como sumo sacerdote, debía morir. El rey David planeó el asesinato y debía morir, sin embargo, se arrepintió y confió en el sacrificio expiatorio de Cristo y fue perdonado.
La ley no habla de actos misericordiosos a través de los cuales podamos redimirnos a nosotros mismos conservando la vida, la ley habla de justicia que debe ser aplicada. La vida pertenece a Dios y nadie puede quitar la vida de ningún ser humano. No obstante, el Señor dispuso los sacrificios expiatorios con el fin de preparar a su pueblo para que aceptara la venida del Mesías, como cordero expiatorio y sumo sacerdote, quien entregaría su vida para expiar la culpa del transgresor, en lugar del pecador. Todo el libro de hebreos nos habla de Cristo como cordero y sumo sacerdote que ocupa el lugar del pecador y aboga ante el Padre para expiar su culpa.
Cristo ocupa un lugar prominente como sacrificio expiatorio, como sumo sacerdote, como juez y testigo ante el Padre para dar solución al litigio. Dios proveyó solución para cualquier pecado a través del sacrificio expiatorio de su hijo, excepto para el pecado contra el Espíritu Santo. Estos aspectos los iremos viendo en su relación con los testigos del Señor, su testificación y el veredicto del tribunal sobre los transgresores del pacto y de las leyes del Señor.
B. LOS TESTIGOS DEL SEÑOR Y LA FIDELIDAD AL PACTO
- Los tres testigos del pacto.
Las referencias sobre los tres testigos del Señor en el libro del Deuteronomio están situadas en el contexto del pacto Sinaitico y del pacto de Moab, que Jehová les recordó y estableció con el pueblo de Israel cuando estaban a punto de entrar en la tierra prometida después de cuarenta años vagando por el desierto. Estos tres testigos son: Los cielos y la tierra, el libro de la Ley y el cántico de Moisés (30:19-20; 31:28-29; 31:1, 9, 24-26; 31:19-22). En primer lugar, comentaremos los dos primeros testigos y después el cantico de Moisés en el punto 3.
a) Los cielos y la tierra.
“Estas son las palabras del pacto que Jehová mandó a Moisés que celebrase con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además del pacto que concertó con ellos en Horeb” (Deut.29:1)
“A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días; a fin de que habites sobre la tierra que juró Jehová a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob, que les había de dar” (Deut.30:19-20).
Moisés llamó a todo Israel ante la presencia del Señor, para recordarles todos los prodigios, señales, y grandes maravillas que el Eterno había realizado durante toda la estancia de cuarenta años de travesía por el desierto (Deut.29:2-8). El Señor les invita a comprender con la mente, ver con los ojos, y oír con los oídos, con el fin de guardar y confirmar el pacto, siendo el Eterno el Dios del pueblo de Israel y de sus descendientes, introduciéndoles en la tierra prometida; tal como lo había prometido con juramento a sus padres Abraham, Isaac y Jacob.
Las palabras y las cláusulas del pacto estaban registradas, principalmente en las tablas de la ley, que fueron pronunciadas de viva voz a todo el pueblo de Israel en el monte Sinaí, registradas por Moisés en un libro y después escritas con el dedo de Dios y fuego en dos tablas de piedra (Ex.19:10-20; 20:1-18; 20:22-23; 24:3-8; 31:18; Deut.5:1-22). “Guardaréis, pues, las palabras de este pacto, y las pondréis por obra, para que prosperéis en todo lo que hagáis. Vosotros todos estáis hoy en presencia de Jehová vuestro Dios; los cabezas de vuestras tribus, vuestros ancianos y vuestros oficiales, todos los varones de Israel; vuestros niños, vuestras mujeres, y tus extranjeros que habitan en medio de tu campamento, desde el que corta tu leña hasta el que saca tu agua; a punto de entrar en el pacto de Jehová tu Dios, y en su juramento, que Jehová tu Dios concierta hoy contigo, para confirmarte hoy como su pueblo, y para que él te sea a ti por Dios, de la manera que él te ha dicho, y como lo juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob. Y no solamente con vosotros hago yo este pacto y este juramento, sino con los que están aquí presentes hoy con nosotros delante de Jehová nuestro Dios; y con los que no están aquí hoy con nosotros.” (Deut.29:9-15)
El contraste que el Señor establece con su pueblo Israel, entre Egipto y las otras naciones, se centra en las abominaciones y la adoración a los ídolos de madera, piedra, plata y oro que se fabrican con el fin de sustituir al creador de los cielos y la tierra, y que el pueblo de Israel debe rechazar para no perecer. “No haya, pues, entre vosotros varón o mujer, o familia o tribu, cuyo corazón se aparte hoy de Jehová nuestro Dios, para ir a servir a los dioses de esas naciones;” (Deut.29:18)
Si el pueblo de Israel se apartaba del pacto caerían sobre ellos las maldiciones del pacto y la ira del Jehová. Las naciones se preguntarían: “¿Por qué hizo esto Jehová a esta tierra? Y responderán: por cuanto dejaron el pacto de Jehová el Dios de sus padres, que él concertó con ellos cuando los sacó de la tierra de Egipto, y fueron y sirvieron a dioses ajenos, y se inclinaron a ellos, dioses a los que no conocían, y que ninguna cosa les habían dado. Por eso, se encendió la ira de Jehová contra esta tierra, para traer sobre ella todas las maldiciones escritas en este libro; y Jehová los desarraigó de su tierra con ira, con furor y con grande indignación, y los ha arrojado a otros países, donde hoy están” (Deut.29:24-28).
No obstante, Dios no dejaría a su pueblo sin esperanza en los momentos de separación y transgresión del pacto. Su gracia redentora quedaría registrada en los términos del pacto. “Sucederá que cuando hayan venido sobre ti todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y te arrepientas en medio de todas las naciones adonde te haya arrojado Jehová tu Dios, y te conviertas a Jehová tu Dios, y obedezcas a su voz conforme a todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma, entonces Jehová hará volver a tus cautivos, y tendrá misericordia de ti, y volverá a recogerte de entre todos los pueblos adonde te haya esparcido Jehová tu Dios. Aun cuando tus desterrados estén en las partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te recogerá Jehová tú Dios, y de allá te tomará; y te hará volver Jehová tu Dios a la tierra que heredaron tus padres, y será tuya; y te hará bien, y te multiplicará más que a tus padres. Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas.” (Deut.30:1-6)
La condición para la restauración era el arrepentimiento, la conversión, la vuelta a oír la voz del Eterno y ponerse en armonía con las cláusulas del pacto para recibir sus bendiciones “si obedeces a la voz de Jehová tu Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos escritos en este libro de la ley; si te conviertes a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.” (Deut.30:10)
Estos mandamientos no son demasiado difíciles para obedecerlos y cumplirlos. El Eterno pone delante de su pueblo Israel su pacto y sus promesas; la vida y la muerte, la bendición y la maldición, y pone como testigos a los cielos y a la tierra contra ellos, los cuales testificarán sobre la veracidad del pacto, sus bendiciones y sus actos de misericordia y de justicia.
“Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas. Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado, y Jehová tu Dios te bendiga en la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella. Mas si tu corazón se aparta y no oyes, y te dejas extraviar, y te inclinas a dioses ajenos y les sirves, yo os protesto hoy que de cierto pereceréis; no prolongaréis vuestros días sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para entrar en posesión de ella.
A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti y prolongación de tus días; a fin de que habites sobre la tierra que juró Jehová a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob, que les había de dar.” (Deut.30:14-20)
El Señor llamó a los cielos y la tierra como testigos de la veracidad de: su pacto, su fidelidad, su gracia, su misericordia, su justicia y del cumplimiento de las promesas hechas a sus hijos de darles la herencia de la tierra de Canaán y la vida eterna, pero también los mismos cielos y la tierra serían testigos del destierro, la maldición y la muerte.
b) El libro de la ley
Dios puso a los cielos y la tierra como testigos de la veracidad del pacto, de las bendiciones y maldiciones que recibirían según sus elecciones, pero también puso como testigo al libro de la ley.
“Y cuando acabó Moisés de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta el fin, dio órdenes Moisés a los levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, diciendo: Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti” (Deut.31:24-26).
De este texto debemos responder a dos preguntas importantes: ¿A qué libro de la ley se refiere y de qué debe testificar dicha ley?
El contexto nos muestra que Moisés era de 120 años cuando el Señor le dijo que no pasaría el Jordán. Moisés cansado por el largo peregrinaje del desierto, por las luchas mantenidas con los egipcios, por la rebelión su pueblo, por la idolatría, por las aflicciones aplicadas por los egipcios, por la decadencia de sus fuerzas y por la revelación del Señor mostrándole que había llegado al final de su peregrinaje y que no cruzaría el Jordán que moriría antes de entrar en la tierra prometida; aceptó resignado la voluntad del Todopoderoso (Deut.32:48-52; 31:2,16). Por todas estas razones y aún, estando en esas circunstancias, Moisés no decayó ante toda esta carga, sino que se dirigió a su pueblo Israel para transmitirle palabras de ánimo, esperanza, seguridad y protección, con la firme promesa de que el Señor estaría con ellos y que bajo el liderazgo de Josué los introduciría en la tierra prometida a sus padres. Mediante la imposición de las manos debía nombrar a Josué como nuevo líder delante de todo el pueblo de Israel.
Moisés habló a Israel las palabras que el Señor le reveló: “No pasarás este Jordán. Jehová tu Dios, él pasa delante de ti; él destruirá a estas naciones delante de ti, y las heredarás; Josué será el que estará al frente de ti, como Jehová ha dicho. (…) Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis, ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desamparará.
“Y llamó Moisés a Josué, y le dijo en presencia de todo Israel: Esfuérzate y anímate; porque tú entrarás con este pueblo a la tierra que juró Jehová a sus padres que les daría, y tú se la harás heredar.
Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides. (…) Y Jehová dijo a Moisés: he aquí se ha acercado el día de tu muerte; llama a Josué, y esperad en el tabernáculo de reunión para que yo le dé el cargo” (Deut.31:2, 6-8, 14).
También le reveló el Señor que su pueblo invalidaría el pacto y que a causa de ello les vendrían “muchos males y angustias.” (Deut.31:16-17)
Es en este contexto que Moisés dio órdenes a los levitas que llevaban el arca del pacto, “Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti.” (Deut.31:26)
¿De qué ley está hablando el texto?
En primer lugar, digamos algunas palabras sobre el concepto de la palabra hebrea “sefer” traducida generalmente por “libro” al castellano. Esta palabra hebrea puede traducirse de diferentes formas, dependiendo del contexto y la palabra que le acompañe, dado que el concepto de “libro” en las diferentes épocas en que es utilizado, tal y como lo usamos ahora, no siempre se corresponde con la realidad moderna. La palabra hebrea “sefer” se aplica a diferentes formatos como: Cartas, genealogías, crónicas, recopilaciones de manuscritos de diferentes hojas, que en un principio se escribieron en material de papiro o cuero que se enrollaban o arrollaban, formando un rollo que se desplegaba para leerlo ante la asamblea.[3] No podemos asegurar con toda precisión a qué libro de la ley se está refiriendo el Deuteronomio cuando habla del “libro de la Ley” porque existen diversos rollos, pero si sabemos el contenido de las leyes reveladas. Es posible que, en primer lugar, se refiera al libro del Deuteronomio, considerado la segunda ley, y al Éxodo incluidos los diez mandamientos[4] (Ex.20-24), o bien, a todas las leyes reveladas por el Señor a Moisés y escritas en sus cinco libros, compiladas y resumidas en el pentateuco, que generalmente es conocido como el libro de la Ley de Dios, el libro del Pacto o el libro de la ley de Moisés (Jos.1:8; 2ªRy.22:8; 23:2; Esd.6:18; 7:6; 2ªCr.17:9; 34:30; Ver. Lc.24:44). No obstante, existen dos claras clasificaciones de leyes que pueden ayudarnos a comprender a qué ley se está refiriendo el texto cuando habla de la ley que estaba al lado del arca como un testigo contra el pueblo de Israel.
Unas leyes permanecen eternamente y otras son introducidas temporalmente y cambian según las circunstancias. La ley de los diez mandamientos fue revelada por el Señor al pueblo de Israel de viva voz en el monte de Sinaí (más tarde el Señor la escribió en dos tablas de piedra y se la entregó a Moisés con la orden de colocarla dentro del arca de la cual toma el nombre, “el arca del pacto, arca del testamento o arca de la alianza”. Esta ley es eterna y refleja el carácter de Dios y su amor, su misericordia y su justicia. Esta ley no puede estar en contra nuestra porque es una ley perfecta y permanecerá por la eternidad. (Ex.20:1-17; Ex.31:18; 32:16; Deut.5:22; 9:9-11, 15-17; 10: 1-5).
Sin embargo, había una ley que fue colocada al lado del arca de la alianza la cual estaba como un testigo contra el pueblo de Israel. Esta ley, nos fue revelada como una guía, camino, orientación y convivencia con Dios y con el prójimo. La ley escrita por Moisés en el Deuteronomio está contra nosotros, si la transgredimos sufriremos las consecuencias. Sin embargo, nos enseña el camino a seguir para no caer en el error. Esta ley fue promulgada por medio de ángeles. (Gal.3:19-29)
La ley de Moisés contenida en el pentateuco y llamada “Ley de Moisés”, fue escrita por Moisés y dada por la revelación del Señor y de los ángeles (Hech.7:53; Gal.3:19). Contiene los diez mandamientos y otras leyes referentes a las relaciones sociales, al año sabático, a las fiestas y a la adoración; Moisés las escribió en un libro después de ser reveladas en el monte Sinaí y más tarde todas estas leyes las fueron introducidas dentro de las leyes que el Señor le reveló a Moisés y le llamó “el libro del pacto” (Ex.24:7-8; Ex.19-24:8). También le reveló el Señor a Moisés, en el monte Sinaí y durante los cuarenta años de peregrinaje en el desierto hasta que llegaron a tierra de Moab (Deut.29:1), todas las leyes referentes al santuario, al sacerdocio, a las relaciones sociales, a la agricultura, la alimentación, la contaminación, la adoración, la aplicación de la justicia y otras que fueron compiladas en el pentateuco, llamado “La ley de Moisés” (Lc.24:44). Todas estas leyes, fueron puestas al lado del arca y permanecerían como un fiel testigo contra Israel, hablarían de su fidelidad y obediencia o bien de su transgresión y desobediencia a los mandatos del Señor. Algunas de estas leyes eran circunstanciales y algunas de ellas terminaron al cumplir el propósito que el Señor les dio para su tiempo; sin embargo, la ley que Dios gravó en dos tablas de piedra permanecerá eternamente.
Resumamos en un cuadro esta idea de los dos tipos de leyes que se diferencian en el pacto que Dios concertó con su pueblo Israel: Leyes morales que permanecen y leyes ceremoniales y circunstanciales que cambian. Tanto unas como otras estaban contenidas en el pentateuco, fueron escritas por Moisés y puestas al lado del arca de la alianza como un testigo contra Israel, pero la ley de los diez mandamientos escrita por el dedo de Dios fue separada y puesta dentro del arca de la alianza de la cual toma nombre. Las leyes que permanecen, como los diez mandamientos, sirven como orientación, guía, camino y reglas de convivencia. Las leyes circunstanciales, además de servir como advertencias y orientaciones sobre la salvación, son testigos veraces contra los transgresores de las leyes morales y eternas.
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LAS LEYES DE DIOS |
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MORAL/ES Y ETERNA/S |
CERMONIAL/ES Y CIRCUNSTANCIAL/ES |
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Revelada en el Edén. Gen.2:17 |
Revelada después del pecado. Gen.3:15,21; 4:3-5 |
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Revelada a Abraham y al pueblo de Israel en el Sinaí. Gen.26:5; Ex.20:1-20. |
Reveladas a Moisés en el Sinaí. Ex.21-24:8. |
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Escrita por el dedo de Dios en dos tablas de piedra. Ex.31:18,32; Deut.5:2; 10:1-5. |
Escrita por Moisés en varios libros. Ex.24:3-4,7-8; Deut.31:9,24. |
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Colocada dentro del arca de la alianza. Deut.10:1-5; Ex. 25:16, 21-22; 40:20; 1ªRy.8:9. |
Colocadas al lado del arca del testimonio como testigo contra ellos. Deut.31:24-26. |
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A los diez mandamientos se les llama: El testimonio, el pacto, la alianza. La ley de Dios. Ex.31:18; 32:15-16; 34:28-29; 40:20-21; Deut.9:11,15. |
Llamada ley de Moisés y del Señor. Lc.2:22-24; 24:44; Hech.13.39; 15:5; 1ªCor.9:9; Gal.3:10; Deut.27:26. |
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El arca que contenía los diez mandamientos se le llama: Arca del pacto, alianza o testimonio. Ex.40:3,5,20; 39:35 |
A los cinco libros (Pentateuco), escritos por Moisés se les llama: La ley de Moisés. Deut.1:4; 4:44; 31:9,11-12,24; Jos.8:31-32,34; 2ªRy14:6; 23:25; 2ªCr.23:18; Dn.8:11,13; Mal.4:4. Lc.2:22; 24:44; Jn.1:17; 7:23; Hech.13:39; 15:5. |
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Leyes eternas Sal.111:7-8; 119:89,142-144,152,160; Mt.5:17-19 |
Leyes circunstanciales hasta el tiempo de reformar las cosas. Ez.20:25; Heb.7:18; 9:10. Mt.5:17-19. |
¿De qué testifica esta ley del pacto y cuáles son sus estipulaciones?
Los principios de las leyes eternas del Señor, como los diez mandamientos, no pueden cambiarse y no han sido creados para castigarnos o acusarnos de nuestras transgresiones. Las leyes eternas, ya sean físicas o morales, han sido creadas para guiarnos, protegernos, enseñarnos la senda correcta para el bien y evitar que suframos daños irreparables. Las leyes ceremoniales y circunstanciales también nos guían y nos enseñan el camino al Mesías y la restauración, pero también nos señalan la senda por la que hemos transitado mal y por la senda que podemos volver a los principios eternos. Un ejemplo vivo lo tenemos en las bendiciones y maldiciones del pacto (Deut.27-28). No obstante, si transgredimos cualquier ley, ya sea física, mental, social o espiritual, el resultado es el mismo: la muerte.
Las leyes ceremoniales y circunstanciales registradas en el pentateuco están puestas como un testigo escrito para que volvamos al camino correcto, al pacto del Señor, a la obediencia a la voluntad del Señor y a la fidelidad a sus principios. En el supuesto de que no cumplamos con los principios que el Señor nos ha puesto como guía, orientación y protección, abandonando el pacto concertado entre el Señor y su pueblo, estas leyes son un testimonio, un testigo fiel de que su pueblo sufrirá las maldiciones del pacto. El Señor pone delante de su pueblo la vida y la muerte para que elija lo correcto y herede la tierra prometida; tanto los cielos y la tierra son testigos fieles de sus promesas, como también el libro de la ley (Deut.30:15-20; 31:26).
El libro del Deuteronomio nos informa ampliamente de estas leyes y de la importancia de obedecer sus principios si no queremos sufrir las consecuencias por haberlas transgredido. El Señor enfatizó reiteradamente al pueblo de Israel las leyes que deberían poner en práctica si querían permanecer en la tierra prometida. Moisés recoge en sus tres principales discursos y en su narrativa final, en el libro del Deuteronomio, todas las leyes desde la revelación en el Sinaí hasta el pacto que concertó con Israel en los campos de Moab (Deut.1:5; 1:6-4:43; 4:44-28:68; 29:1-30:20; 31:1-33:29). Todas estas leyes que fueron escritas por Moisés, y los diez mandamientos copiados en Ex.20:1-17 y en Deut.5:1-22, junto con todo el resto de las leyes reveladas por el Señor, desde Horeb hasta Moab, fueron puestas por los levitas junto al arca del pacto, como un testigo fiel contra Israel (Deut.31:24-26), como advertencias del juicio.
El Señor revela a través de Ezequiel 20:25-26, que les dio leyes que no eran buenas, debido a la rebelión y a la desobediencia. El Señor permitió estas leyes para que aprendieran a través del sufrimiento por sus malas elecciones. “También les di estatutos que no eran buenos y decretos por los cuales no podrían vivir; y los declaré inmundos en sus ofrendas, pues hicieron pasar por el fuego a todos sus primogénitos, a fin de llenarlos de terror, para que supieran que yo soy el SEÑOR”. Entre algunas de estas leyes que no eran buenas estaban las de la alimentación después del pecado y el divorcio. (Deut.24:1; Mt.5:31-32
c) El cántico de Moisés. (Este cántico lo comentaremos en tercer discurso de Moisés)
19 «Ahora pues, escribe este cántico y enséñalo a los hijos de Israel; ponlo en su boca, para que este cántico me sirva de testigo contra los hijos de Israel.20 Porque cuando yo los introduzca en la tierra que juré a sus padres, la cual fluye leche y miel, comerán hasta saciarse, y engordarán, se volverán a dioses ajenos y los servirán, me enojarán e invalidarán mi pacto.21 Y cuando les vengan muchos males y angustias, entonces este cántico servirá de testigo contra él, pues será recordado por boca de sus descendientes; porque yo conozco lo que se proponen de antemano, antes que los introduzca en la tierra que juré darles».22 Moisés escribió este cántico aquel día, y lo enseñó a los hijos de Israel. (Deu 31:19-22 R95)
- Moisés resume todas las leyes en tres discursos.
“Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel a este lado del Jordán en el desierto, en el Arabá frente al Mar Rojo” (Deut.1:1).
Primer discurso
a). Recuerdo de la historia de los actos del Señor y de Israel desde Horeb hasta Moab (Deut.1:5-4:43; 2:14; 3:29).
“Ahora, pues, oh, Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da. No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno” (…). “Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón en todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos. El día que estuviste delante de Jehová tu Dios en Horeb, cuando Jehová me dijo: Reúneme el pueblo, para que yo les haga oír mis palabras, las cuales aprenderán, para temerme mientras vivan sobre la tierra, y las enseñarán a sus hijos; y os acercasteis y os pusisteis al pie del monte; y el monte ardía en llamas que subían hasta en medio de los cielos entre tinieblas y densa nube; y habló Jehová con vosotros de en medio del fuego; oísteis la voz de sus palabras, más a excepción de oír la voz, ninguna figura visteis. Y él os anuncio su pacto, el cual os mandó poner por obra; los diez mandamientos, y los escribió en dos tablas de piedra. A mí también me mandó Jehová en aquel tiempo que os enseñase los preceptos y normas que deberíais poner por obra en la tierra en que vais a entrar para tomar posesión de ella. (…) Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de ninguna cosa que Jehová tu Dios te ha prohibido” (Deut.4:1-2, 9,23).
El Señor les pone a los cielos y la tierra por testigos de que perecerían totalmente y los esparciría entre los pueblos si abandonaban el pacto. No obstante, no les deja sin esperanza en la desesperación, porque si en los postreros días, estando en el destierro, volvían a buscar al Señor los restituiría a su tierra. “Más si desde allí buscas a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma. Cuando estés en angustia; y te alcancen todas estas cosas, si en los postreros días te vuelves a Jehová tu Dios, y oyes su voz; porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios; no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que les juró a tus padres” (Deut.4:29-31). “Aprende, pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro. Y guarda sus estatutos y sus mandamientos, los cuales yo te mando hoy, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y prolongues tus días sobre la tierra que Jehová tu Dios te da para siempre” (Deut.4:39-40).
Segundo discurso:
b). Estipulaciones del segundo pacto, requerimientos y regulaciones (Deut.4:44-29:1).
En su segundo discurso, Moisés continúa revelando a su pueblo la ley revelada por medio de testimonios, estatutos, decretos y mandamientos en el valle delante de Bet-peor. El pueblo de Israel había olvidado los principios de los diez mandamientos y era necesario recordárselos y además ampliar sus principios con la revelación de otras leyes adicionales para una mejor respuesta a la obediencia a la voluntad del Creador y una mejor relación entre ellos y las naciones vecinas. Esta es la parte central de todas las leyes con las que el Señor celebró su pacto con el pueblo de Israel en los llanos de Moab (Deut.4:44-46; 29:1). Elena de White nos comenta la diferencia entre la ley de los diez mandamientos y las leyes circunstanciales derivadas de los diez mandamientos. “Cuando Adán y Eva fueron creados recibieron el conocimiento de la ley de Dios; conocieron los derechos que la ley tenía sobre ellos; sus preceptos estaban escritos en sus corazones. Cuando el hombre cayó a causa de su transgresión, la ley no fue cambiada, sino que se estableció un sistema de redención para hacerle volver a la obediencia. Se le dio la promesa de un Salvador, y se establecieron sacrificios que dirigían sus pensamientos hacia el futuro, hacia la muerte de Cristo como supremo sacrificio” (…) “La ley fue preservada por Noé y su familia, y Noé enseñó los diez mandamientos a sus descendientes. Cuando los hombres se apartaron nuevamente de Dios, el Señor eligió a Abrahán, de quien declaró: “Oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos, y mis leyes.” (Gen.26:5)” (PP, pág.378).
Más tarde, cuando el pueblo se apartó de sus mandamientos, Dios no confió sus preceptos a la memoria de un pueblo inclinado a olvidar sus requerimientos, sino que los escribió con su dedo sobre tablas de piedra y a Moisés se le dijo que escribiera, como Dios se lo había mandado, derechos y leyes que contenían instrucciones minuciosas respecto a lo que el Señor requería. “Estas instrucciones relativas a los deberes del pueblo para con Dios, a los deberes de unos para con otros, y para con los extranjeros, no eran otra cosa que los principios de los diez mandamientos ampliados y dados de una manera específica, en forma tal que ninguno pudiera errar. Tenían por objeto resguardar la santidad de los diez mandamientos grabados en las tablas de piedra” (PP, pág.379).
La Biblia presenta claramente dos tipos de leyes, una inmutable y eterna, la otra provisional y temporaria. Estas dos leyes corresponden a dos pactos: El pacto de la gracia establecido en el consejo celestial desde la eternidad (1Pd.1:18-21; Ap.13:8; Ef.1:3-2:10), y revelado en el Edén después de la caída de Adán (Gen.3:15). Más tarde fue revelado a Abrahán con la promesa, “En tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra” (Gen.22:18), y cumplido con la muerte y resurrección de Cristo (Gal.3:8,16). Elena de White comenta este pacto eterno de gracia, puesto en marcha después del pecado, de esta manera: “Aunque este pacto fue hecho con Adán, y más tarde se le renovó a Abrahán, no pudo ratificarse sino hasta la muerte de Cristo. Existió en virtud de la promesa de Dios desde que se indicó por primera vez la posibilidad de redención. Fué aceptado por fe: no obstante, cuando Cristo lo ratificó fue llamado el pacto nuevo. La ley de Dios fue la base de este pacto, que era sencillamente un arreglo para restituir al hombre a la armonía con la voluntad divina, colocándolo en situación de poder obedecer la ley de Dios” (PP, pág.387).
Sin embargo, debido al olvido de los mandamientos del Señor y a las transgresiones cometidas fue necesario revelar en el Sinaí otro pacto; los diez mandamientos y otras cláusulas concernientes a los sacrificios y el santuario. Elena de White lo comenta de esta manera: “Otro pacto, llamado en la Escritura el pacto “antiguo,” se estableció entre Dios e Israel en el Sinaí, y en aquel entonces fue ratificado mediante la sangre de un sacrificio. El pacto hecho con Abrahán fue ratificado mediante la sangre de Cristo, y es llamado “segundo” pacto o “nuevo” pacto, porque la sangre con la cual fue sellado se derramó después de la sangre del primer pacto. Es evidente que el nuevo pacto estaba en vigor en los días de Abrahán, puesto que entonces fue confirmado tanto por la promesa como por el juramento de Dios, “dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta.” (Heb.6:18)” (PP, págs. 387-388).
Si Adán y sus descendientes hubieran guardado la ley de Dios, “habrían conservado el conocimiento de la ley de Dios, y no habría sido necesario proclamarla desde el Sinaí, o grabarla sobre tablas de piedra. Y si el pueblo hubiera practicado los principios de los diez mandamientos, no habría habido necesidad de las instrucciones adicionales que se le dieron a Moisés” (PP, págs.379-380).
“Llamó Moisés a todo Israel y les dijo: Oye, Israel, los estatutos y decretos que yo pronuncio hoy en vuestros oídos, aprendedlos, y guardadlos, para ponerlos por obra” (Deut.5:1). El Señor les reveló su pacto, los diez mandamientos y los escribió en dos tablas de piedra en el monte Sinaí, pero el pueblo se corrompió y cuando Moisés descendió del monte comprobó con amargura que habían fabricado un ídolo de oro, lo estaban adorando y habían roto el pacto que dijeron que obedecerían (Ex.19:1-24:8); entonces Moisés rompió las dos tablas de piedra que el Señor había escrito con su dedo. Más tarde el Señor volvió a ordenar a Moisés que subiera al monte para escribir en dos tablas de piedra, nuevamente los diez mandamientos y ordenó a Moisés que los colocara dentro del arca de la alianza (Deut.5:22; 9:7-17; 10:1-5). Esta es la segunda vez que el Señor escribe los diez mandamientos en dos tablas de piedra con su dedo. Moisés copió esta ley de los diez mandamientos por segunda vez en el libro del Deuteronomio. Este libro del Deuteronomio es llamado segunda ley en la lengua griega.
Los llamados del Señor a no olvidar, cumplir y enseñar sus mandamientos, estatutos, decretos a sus hijos para que prolongaran su vida, fueron muchos y frecuentes. “Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios mandó que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Oye, pues, oh, Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres. Oye, Israel: Jehová es nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tú Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como un recordatorio ante tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” (Deut.6:1-9).
En todo este segundo discurso hay decretos y normas a veces difíciles de comprender desde la perspectiva humana, porque el concepto de justicia y misericordia que el ser humano tiene de Dios y de sus principios no se comprende, no se acepta y finalmente se rechaza. Es necesario que entendamos que Dios es justo y misericordioso, pero que no tendrá por inocente al culpable (Ex.34:4-7; 32:30-35). Un ejemplo lo vemos en la orden de destrucción de los cananítas, incluidas las mujeres, los niños y de todas las cosas que adoraban. El Señor ordenó al pueblo de Israel al borde de la tierra prometida que destruyera a las siete naciones cananítas. “Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra en la cual entrarás para tomarla, y haya echado de delante de ti a grandes naciones, a los hititas, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mayores y más poderosas que tú, y Jehová tu Dios las haya entregado delante de ti, y las hayas derrotado, las destruirás del todo; no harás con ellas alianza, ni tendrás de ellas misericordia, (…) Porque desviará a tu hijo de en pos de mí, para servir a dioses ajenos; y el furor de Jehová se encenderá sobre vosotros, y os destruirá pronto” (Deut.7:1-2, 4).
¿Por qué Dios actúa de esta forma tan radical y con estas normas y decretos tan estrictos?
La paciencia y la gracia del Creador no estarán disponible eternamente para los transgresores de sus principios y eternos mandamientos. La ley debe ser respetada para el bien personal, para el bien común, y para alabanza y gloria del Creador. Si la ley es transgredida, Dios ofrece su gracia para volver a un nuevo comienzo, pero cuando la gracia es despreciada, después de un tiempo de tolerancia, entonces el Señor actúa con su justicia, aplicando la ley que reclama la vida del transgresor. La aplicación de la justicia y la misericordia es igual para los cananitas, así como para su pueblo. Dios no hace acepción de personas.
El Señor había prometido dar la tierra de Canaán a sus descendientes por herencia, pero antes de otorgar esta promesa a los descendientes de Abram, debía conceder cuatrocientos años de gracia a las naciones que ocupaban este territorio, con el fin de que dejaran los malos caminos que practicaban, pero los canitas desecharon la gracia. Mediante un pacto, el Señor ratificó su promesa a Abram y, durante un sueño, le reveló la maldad de los cananitas y su futuro. También le reveló, la esclavitud a que sería sometida su descendencia en Egipto (Gen.15:4-21). El Señor le dijo a Abram: “Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los caldeos, para darte a heredar esta tierra. (…) Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años”.
“Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; (…) Y en la cuarta generación volverán acá; porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí. (…) En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates” (Gen. 15:7, 13-14,16, 18).
El ser humano debe comprender en todas las épocas de su existencia que, el Creador es dueño y Señor de todo lo creado y de la vida misma. El otorga la vida, la mantiene y derrama sus bendiciones sobre todos los que guardan sus mandamientos; pero obra con justicia, permitiendo que sufran las consecuencias de las malas elecciones y que lleguen las maldiciones del pacto sobre los transgresores de sus mandamientos. La tierra pertenece al Creador y la otorga en herencia a los que guardan sus mandamientos y siguen su voluntad.
Una y otra vez, el Señor repite con insistencia el camino que debe seguir su pueblo, si desea alcanzar la herencia y permanecer en ella feliz recibiendo sus bendiciones. “Cuidaréis de poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis, y seáis multiplicados, y entréis y poseáis la tierra que Jehová prometió con juramento a vuestros padres. Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto” (…) Guardarás, pues, los mandamientos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y temiéndole. (…) Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; (…) Mas si llegas a olvidarte de Jehová tu Dios y andas en pos de dioses ajenos, y les das culto y ante ellos te inclinas, yo lo afirmo hoy contra vosotros, que de cierto pereceréis. Como las naciones que Jehová destruirá delante de vosotros, así pereceréis, por cuanto no habréis atendido a la voz de Jehová vuestro Dios” (Deut.8:1-2, 6, 11, 19-20).
El Señor dirige a su pueblo súplicas, ruegos, recordatorios, advertencias y todo tipo de decretos, órdenes, estatutos y mandamientos, con el fin de que no se aparte del camino correcto y no sean destruidos. “Amarás, pues, a Jehová tu Dios, y guardarás sus ordenanzas, sus estatutos, sus decretos y sus mandamientos, todos los días. (…) Pues vuestros mismos ojos han visto todas las grandes obras que Jehová ha hecho” (…) “Guardad, pues, todos los mandamientos que yo os prescribo hoy, para que seáis fortalecidos, y entréis y poseáis la tierra a la cuál pasáis para tomarla; para que os sean prolongados los días sobre la tierra, de la cual juró Jehová a vuestros padres, que había de darla a ellos y a su descendencia, tierra que fluye leche y miel” (Deut.11:1,7-9).
“Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes, y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas; para que sean vuestros días, y los días de vuestros hijos, tan numerosos sobre la tierra que Jehová juró a vuestros padres que les había de dar, como los días de los cielos sobre la tierra. Porque si guardáis cuidadosamente todos estos mandamientos que yo os prescribo para que los cumpláis, y si amáis a Jehová vuestro Dios, andando en todos sus caminos, y siguiéndole a él, Jehová también echará de delante de vosotros a todas estas naciones, y desposeeréis a naciones grandes y más poderosas que vosotros” (Deut.11:18-23).
“He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición; la bendición, si oís los mandamientos de Jehová vuestro Dios, que yo os prescribo hoy, y la maldición, si no oís los mandamientos de Jehová vuestro Dios, y os apartáis del camino que yo os ordeno hoy, para ir en pos de dioses ajenos que no habéis conocido. (…) Cuidaréis, pues, de cumplir todos los estatutos y decretos que yo presento hoy delante de vosotros” (Deut.11:26-28, 32).
Un profeta como Moisés para guiarles a la obediencia a sus mandatos.[5]
Moisés continúa revelando a Israel más estatutos y decretos con el fin de que vivan y les vaya bien en la tierra que van a heredar. Leyes sobre el santuario, los sacrificios, las fiestas, los ciclos sabáticos, la adoración, la idolatría, la comida, la convivencia, el diezmo y las ofrendas; los necesitados, las relaciones con los pueblos cercanos, la aplicación de la justicia y otras leyes. “Estos son los estatutos y decretos que cuidaréis de poner por obra en la tierra que Jehová el Dios de tus padres te ha dado en posesión, todos los días que viváis sobre su suelo” (…) Guarda y escucha todas estas palabras que yo te mando, para que haciendo lo bueno y lo recto ante los ojos de Jehová tu Dios, te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti para siempre” (Deut.12:1,28).
El Señor les advierte contra la idolatría, los adivinos y agoreros, contra los falsos profetas y les promete que levantará un profeta como Moisés al que deben escuchar si no quieren sufrir las consecuencias de la desobediencia. “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios, a él oiréis. (…) Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca y él les hablará todo lo que yo le mande. Mas a cualquiera que no oiga mis palabras que él hable en mi nombre, yo le pediré cuenta” (Deut.18:15, 18-19; Hech.3:22-23).
Este profeta, anunciado en la ley y por todos los escritores del Antiguo Testamente, no es otro que el Mesías, el ángel del Eterno, la simiente de Abraham. Después de revelar el Señor la ley en el monte Sinaí de viva voz, y otras leyes que escribió Moisés y mostró al pueblo de Israel, el Señor les dijo: “He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado. Pórtate bien delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde, porque él no perdonará vuestra rebelión, porque mi nombre está en él. Pero si en verdad oyes su voz y haces todo lo que yo te diga, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te aflijan. Porque mi ángel irá delante de ti, y te llevará a la tierra del amorreo, del heteo, del ferezeo, del cananeo, del heveo y del jebuseo, a los cuales yo haré destruir” (Ex.23:20-23; ver 14:19; 32:34; Gen.3:15; 22:18; Gal.3:16; Hag.2:6-7).
Más tarde, a través del profeta Isaías les dijo: “Ciertamente son mi pueblo, hijos que no obrarán con falsedad, y fue él su Salvador. En toda angustia de ellos él fue también angustiado, y el ángel de su presencia los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, los levantó y los trajo, todos los días de la antigüedad. Mas ellos fueron rebeldes, y contristaron su Santo Espíritu; por lo cual se les volvió enemigo, y él mismo peleó contra ellos” (Is.63:8-11).
El apóstol Pedro da testimonio del cumplimiento de estás profecías cumplidas en Jesús y del rechazo del pueblo de Israel. “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os concediera de gracia un homicida, y matasteis al autor de la vida a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. (…) Ahora bien, hermanos, ya sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos los profetas, que su Cristo había de padecer. (…) Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará un profeta de entre vuestros hermanos, como a mí, a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será totalmente exterminada del pueblo. Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días. Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: Y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. Dios ha resucitado a su Siervo, en primer lugar, para vosotros; y lo ha enviado para bendeciros, haciendo que cada uno se convierta de sus maldades” (Hech.3:13-26).
Como podemos apreciar por lo expuesto, el centro de todas las leyes reveladas, se focalizaban en el profeta o Mesías venidero, llamado la simiente de la mujer, y de Abraham. Estas leyes, puestas al lado del arca de la alianza en el santuario y la ley de los diez mandamientos depositada en el interior del arca, regulaban la convivencia entre los Israelitas, las naciones vecinas, los extranjeros y la relación con el Creador y permanecían como un testimonio vivo de las promesas y las consecuencias de la transgresión de ellas. La diversidad de estas leyes desde el capítulo 20 al 26 del Deuteronomio, versaba sobre la guerra, la conquista de las ciudades, la castidad, el adulterio y la fornicación, los extranjeros, los esclavos, la comida, la sanidad, el levirato, la primogenitura y otros temas, que tenían por objeto regular la convivencia entre ellos. Todas estas leyes daban testimonio para bien o para mal delante del pueblo de Israel.
El Señor nombró jueces, ancianos y sacerdotes, para que al aplicar estas leyes la sentencia fuera justa; absolviendo al inocente y condenando al culpable. De los hechos acontecidos y presenciados por testigos debían testificar ante los jueces y para que el testimonio fuese valedero debía estar abalado por dos o tres testigos. Los jueces debían basarse en las leyes que el Señor reveló a Moisés y debido a la dureza del corazón de los israelitas, estas leyes de advertencias y amonestaciones no siempre fueron la mejor promulgación a causa de la corrupción humana. Los jueces debían buscar la justicia al aplicar estas leyes imperfectas (Deut.19:15-21). El profeta Ezequiel resumiendo la historia del pueblo de Israel y sus infidelidades, en la situación de destierro en que se encontraba el pueblo del Señor, les recordó sus rebeliones y el desprecio por sus sábados y sus estatutos. “… entonces les dije: Cada uno arroje lejos de sí las abominaciones de delante de sus ojos, y no os contaminéis con los ídolos de Egipto. Yo soy Jehová, vuestro Dios. Mas ellos se rebelaron contra mí, y no quisieron obedecerme; no echó de si cada uno las abominaciones de delante de sus ojos, ni dejaron los ídolos de Egipto” (…) Los hice salir de la tierra de Egipto, y los traje al desierto, y les di mis estatutos, y les hice conocer mis ordenanzas, por las que el hombre que las cumpla vivirá. Y les di también mis sábados, para que fuesen por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová, que los santifico. Mas se rebeló contra mí la casa de Israel en el desierto; no anduvieron en mis estatutos, y desecharon mis ordenanzas, por las cuales el hombre que las cumpla vivirá; y profanaron en gran manera mis sábados; dije, por tanto, que derramaría sobre ellos mi ira en el desierto para exterminarlos. (…), porque desecharon mis ordenanzas, y no anduvieron en mis estatutos, y profanaron mis sábados, porque su corazón se iba tras sus ídolos. Con todo, los perdonó mi ojo, pues no los destruí, ni los exterminé del todo en el desierto; y dije en el desierto a sus hijos: No andéis en los estatutos de vuestros padres, ni guardéis sus ordenanzas, ni os contaminéis con sus ídolos: Yo soy Jehová, vuestro Dios; andad en mis estatutos, y guardad mis ordenanzas, y ponedlas por obra; y santificad mis sábados, y sean por señal entre mí y vosotros, para que sepáis que yo soy Jehová, vuestro Dios. Mas los hijos se rebelaron contra mí; no anduvieron en mis estatutos, ni guardaron mis ordenanzas para ponerlas por obra, por las cuales el hombre que las cumpla vivirá; profanaron mis sábados. (…) También les alcé yo mi mano en el desierto, jurando que los esparciría entre las naciones, y que los dispersaría por las tierras, porque no pusieron por obra mis ordenanzas, sino que desecharon mis estatutos y profanaron mis sábados, y se les fueron los ojos tras los ídolos de sus padres. Por eso yo les di estatutos que no eran buenos, y ordenanzas por las cuales no podrían vivir” (Ez.20:7-25).
Exhortación y declaración final de posesión de la herencia, compromiso mutuo y pacto.
El Señor rogó a su pueblo Israel que presentara una ofrenda de las primicias ante el sacerdote, como señal de posesión de la herencia prometida, cuando se hubiera cumplido la promesa. “Y te presentarás al sacerdote que esté entonces en funciones, y le dirás: Declaro hoy a Jehová tu Dios, que he entrado en la tierra que juró Jehová a nuestros padres que nos daría. … Entonces hablarás y dirás delante de Jehová tu Dios: Un arameo a punto de perecer fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres, y allí creció y llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa; y los egipcios nos maltrataron y nos afligieron, y pusieron sobre nosotros dura servidumbre. Y clamamos a Jehová el Dios de nuestros padres; y Jehová oyó nuestra voz, y vio nuestra aflicción, nuestro trabajo y nuestra opresión; y Jehová nos sacó de Egipto con mano fuerte, con brazo extendido, con grande espanto, y con señales y con milagros; y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, tierra que fluye leche y miel. Y ahora, he aquí he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, oh, Jehová. Y lo dejarás delante de Jehová tu Dios, y adorarás delante de Jehová tu Dios” (Deut.26:3-10).
“Jehová tu Dios te manda hoy que cumplas estos estatutos y decretos; cuida, pues, de ponerlos por obra con todo tu corazón y con toda tu alma. Has declarado solemnemente hoy que Jehová es tu Dios, y que andarás en sus caminos, y guardarás sus estatutos, sus mandamientos y sus decretos, y que escucharás su voz. Y Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos; a fin de exaltarte sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria, y para que seas un pueblo santo a Jehová tu Dios, como él ha dicho”. (Deut.26:16-19).
Desde el monte Sinaí hasta las llanuras de Moab, justo al borde de entrar en la tierra prometida, el Señor reveló a Moisés todas las leyes registradas en el pentateuco con el fin de guiarles a la tierra prometida, proporcionarles justicia, esperanza y felicidad; pero también les puso delante una advertencia, las bendiciones si obedecían y las maldiciones si se apartaban de los mandamientos (Deut.27-28). Elena de White nos comenta estas revelaciones con estas palabras: “Después de la repetición pública de la ley, Moisés completó el trabajo de escribir todas las leyes, los estatutos y los juicios que Dios le había dado a él y todos los reglamentos referentes al sistema de sacrificios. El libro que los contenía fue confiado a los dignatarios correspondientes, y para su custodia se lo colocó al lado del arca. Aun así, el gran jefe temía mucho que el pueblo se apartara de Dios. En un discurso sublime y conmovedor les presentó las bendiciones que tendrían si obedecían y las maldiciones que les alcanzarían si violaban la ley” (PP, págs. 498-499).
c) Recuerdo de los dos pactos.
Tercer discurso (Deut.29:1-30:20).
El tercer discurso de Moisés comienza con el recordatorio de los dos pactos promulgados por el Señor, en el desierto del Sinaí y a la entrada de la tierra prometida en Moab: “Estas son las palabras del pacto que Jehová mandó a Moisés que celebrase con los hijos de Israel en tierra de Moab, además del pacto que concertó con ellos en Horeb” (Deut.29:1). Moisés les recuerda los actos que el Señor realizó en la tierra de Egipto y también los cuarenta años de peregrinación, hasta llegar a tierra de Moab; todos los cuidados, los prodigios, las señales y las grandes maravillas realizadas, con el fin de que supieran que Jehová es el Dios de ellos. “Moisés, pues, llamó a todo Israel, y les dijo: Vosotros habéis visto todo lo que Jehová ha hecho delante de vuestros ojos en la tierra de Egipto a Faraón y a todos sus siervos, y a toda su tierra, las grandes pruebas que vieron vuestros ojos, las señales y las grandes maravillas” (Deut.29:2-3).
El Señor pretende darles un corazón para entender, ojos para ver, oídos para oír y una mente capaz de retener todas sus palabras para que recuerden el pacto y no se contaminen con los ídolos de los paganos, sirviendo a sus dioses y caigan las maldiciones del pacto sobre ellos, escritas en este libro de la ley (Deut.29:16-28). “Guardad, pues, las palabras de este pacto y ponedlas en práctica, para que prosperéis en todo lo que hagáis. Hoy estáis todos vosotros en presencia del SEÑOR vuestro Dios: vuestros jefes, vuestras tribus, vuestros ancianos y vuestros oficiales, todos los hombres de Israel, vuestros pequeños, vuestras mujeres, y el forastero que está dentro de tus campamentos, desde tu leñador hasta el que saca tu agua, para que entres en el pacto con el SEÑOR tu Dios, y en su juramento que el SEÑOR tu Dios hace hoy contigo, a fin de establecerte hoy como su pueblo y que Él sea tu Dios, tal como te lo ha dicho y como lo juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob. Y no hago sólo con vosotros este pacto y este juramento, sino también con los que están hoy aquí con nosotros en la presencia del SEÑOR nuestro Dios, y con los que no están hoy aquí con nosotros” (Deut.29:9-15; LBLA).
Tanto el Señor, como Moisés, sabían que Israel incumpliría el pacto y es por ello por lo que les anuncia su gracia estando en el destierro, si se arrepienten de todo corazón. “Sucederá que cuando hayan venido sobre ti todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y te arrepientas en medio de todas las naciones adónde te haya arrojado Jehová tu Dios, y te conviertas a Jehová tu Dios, y obedezcas a su voz conforme a todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma, entonces Jehová hará volver a tus cautivos, y tendrá misericordia de ti y volverá a recogerte de entre todos los pueblos adonde te haya esparcido Jehová tu Dios (…) Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Deut.30:1-3, 6).
La condición para la restauración se centraba en varias demandas: la obediencia y la conversión; “si obedeces a la voz de Jehová tu Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos escritos en este libro de la ley, si te conviertes a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma. Porque este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos” (Deut.30:10-11).
El Señor pone delante de su pueblo Israel la vida y la muerte, para que libremente tomen una decisión. “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado, y Jehová tu Dios te bendiga en la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella. Más si tu corazón se aparta y no oyes, y te dejas extraviar, y te inclinas a dioses ajenos y les sirves, yo os protesto hoy que de cierto pereceréis; no prolongaréis vuestros días sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para entrar en posesión de ella (Deut.30:15-18).
El Señor llama a sus tres testigos – los cielos y la tierra, el libro de la ley y el cántico de Moisés- para que testifiquen de la veracidad del pacto, del cumplimiento de las promesas hechas a sus padres, de las bendiciones y maldiciones, de la rebelión futura en los tiempos postreros y la gracia redentora si regresaban nuevamente a la obediencia, a la fidelidad, a las cláusulas del pacto. “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición, escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días; a fin de que habites sobre la tierra que, juró Jehová a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob, que les había de dar” (Deut.30:19-20).
“Y cuando acabó Moisés de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta el fin, dio órdenes Moisés a los levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, diciendo: Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti. Porque yo conozco tu rebelión, y tu dura cerviz; he aquí que aun viviendo yo con vosotros hoy, sois rebeldes a Jehová; ¿cuánto más después que yo haya muerto? Congregad a mí todos los ancianos de vuestras tribus, y a vuestros oficiales, y hablaré en sus oídos estas palabras, y llamaré por testigos contra vosotros a los cielos y a la tierra. Porque yo sé que después de mi muerte, ciertamente os corromperéis y os apartaréis del camino que os he mandado; y que os ha de venir mal en los postreros días, por haber hecho mal ante los ojos de Jehová, enojándole con las obras de vuestras manos” (Deut.31:24-29).
Finalmente, el Señor ordenó a Moisés escribir un cántico como testigo, con el fin de que los hijos descendientes de Israel al aprender las palabras de la ley, las promesas descritas, las bendiciones, las maldiciones y las rebeliones de su pueblo, este cántico pudiera ser testigo de las razones de los actos y pronunciamientos del Señor.
- El Cántico de Moisés como testigo revela tres cosas.
“Escribid ahora para vuestro uso el cántico siguiente, y enséñalo a los hijos de Israel, ponlo en boca de ellos, para que este cántico me sea por testigo contra los hijos de Israel. Porque yo les introduciré en la tierra que juré a sus padres, la cual fluye leche y miel, y comerán y se saciarán y engordarán, y se volverán a dioses ajenos y les servirán, y me enojarán, e invalidarán mi pacto. Y cuando les vengan muchos males y angustias, entonces este cántico responderá en su cara como testigo pues será recordado por la boca de sus descendientes, porque yo conozco lo que se proponen de antemano, antes que los introduzca en la tierra que juré darles. Y Moisés escribió este cántico aquel día, y lo enseño a los hijos de Israel” (Deut.31:19-22).
29 Porque yo sé que después de mi muerte, ciertamente os corromperéis y os apartaréis del camino que os he mandado; y que os ha de venir mal en los postreros días, por haber hecho mal ante los ojos de Jehová, enojándole con la obra de vuestras manos.
30 Entonces habló Moisés a oídos de toda la congregación de Israel las palabras de este cántico hasta acabarlo. (Deut.31:29-30 R60)
Entonces habló Moisés a oídos de toda la congregación de Israel las palabras de este cántico hasta el fin. “Escuchad, cielos, y hablaré, Y oiga la tierra los dichos de mi boca” (Deut.32:1).
Este cántico es una profecía del Señor para los descendientes de Israel en el tiempo del fin. Revela y proclama tres acontecimientos que los hijos de Israel deben recordar, aprender y testificar
a) La fidelidad del Señor en el cumplimiento de sus promesas y sus bendiciones;
b) El olvido e infidelidad de Israel al transgredir el pacto, sirviendo a dioses ajenos
c) El enojo y disciplina del Señor a su pueblo como medida de gracia.
El cántico es una forma poética de hablar, dirigido a los cielos y a la tierra. Aunque los cielos y la tierra físicamente son testigos de las palabras del Señor, en realidad, son sus hijos, los que habitan en los cielos y en la tierra, los que serán testigos del contenido del cántico, los que deben escuchar y oír atentamente y ser testigos de la veracidad del pacto que el Señor proclama con su pueblo y que sus descendientes abandonarán. El contenido de las palabras de este cántico hace énfasis, principalmente, en tres aspectos y proclamaciones que deben aprender los hijos de Israel, para recordar los momentos de ruptura del pacto, de la idolatría y la rebelión, este cántico declarará contra ellos como testigo de la rebelión de sus hijos y su infidelidad.
Este cántico proclama tres verdades que deben recordar: el nombre y el poder del Creador. Los actos de misericordia, justicia, amor y cuidados del Creador por su pueblo. El juicio a todas las naciones y los actos de justicia y misericordia a través del juicio
Primera proclamación: El nombre y el poder del Creador.
“Porque voy a aclamar el nombre de Yahvé; ¡ensalzad a nuestro Dios!” (Deut.32:3 BJ).
LBA Deuteronomy 32:1 Oíd, oh cielos, y dejadme hablar; y escuche la tierra las palabras de mi boca.2 Caiga como la lluvia mi enseñanza, y destile como el rocío mi discurso, como llovizna sobre el verde prado y como aguacero sobre la hierba.3 Porque yo proclamo el nombre del SEÑOR; atribuid grandeza a nuestro Dios.4 ¡La Roca! Su obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos; Dios de fidelidad y sin injusticia, justo y recto es Él.5 corrompidamente se han portado con Él. No son sus hijos, debido a la falta de ellos; sino una generación perversa y torcida. (Deut.32:1-5 LBA)
R60 Deuteronomy 32:6 ¿Así pagáis a Jehová, pueblo loco e ignorante? ¿No es él tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció. (Deut.32:6 R60)
Segunda proclamación: El olvido e infidelidad de Israel.
7 Acuérdate de los tiempos antiguos, Considera los años de muchas generaciones; Pregunta a tu padre, y él te declarará; A tus ancianos, y ellos te dirán.8 Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones, Cuando hizo dividir a los hijos de los hombres, Estableció los límites de los pueblos Según el número de los hijos de Israel.9 Porque la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó. 10 Le halló en tierra de desierto, Y en yermo de horrible soledad; Lo trajo alrededor, lo instruyó, Lo guardó como a la niña de su ojo.11 Como el águila que excita su nidada, Revolotea sobre sus pollos, Extiende sus alas, los toma, Los lleva sobre sus plumas,12 Jehová solo le guió, Y con él no hubo dios extraño. (Deut.32:7-12 R60)
Tercera proclamación: El enojo y disciplina del Señor como medida de gracia.
19 Y lo vio Jehová, y se encendió en ira Por el menosprecio de sus hijos y de sus hijas. 20 Y dijo: Esconderé de ellos mi rostro, Veré cuál será su fin; Porque son una generación perversa, Hijos infieles. 21 Ellos me movieron a celos con lo que no es Dios; Me provocaron a ira con sus ídolos; Yo también los moveré a celos con un pueblo que no es pueblo, Los provocaré a ira con una nación insensata.22 Porque fuego se ha encendido en mi ira, Y arderá hasta las profundidades del Seol; Devorará la tierra y sus frutos, Y abrasará los fundamentos de los montes.23 Yo amontonaré males sobre ellos; Emplearé en ellos mis saetas.24 Consumidos serán de hambre, y devorados de fiebre ardiente Y de peste amarga; Diente de fieras enviaré también sobre ellos, Con veneno de serpientes de la tierra.25 Por fuera desolará la espada, Y dentro de las cámaras el espanto; Así al joven como a la doncella, Al niño de pecho como al hombre cano.26 Yo había dicho que los esparciría lejos, Que haría cesar de entre los hombres la memoria de ellos,27 De no haber temido la provocación del enemigo, No sea que se envanezcan sus adversarios, No sea que digan: Nuestra mano poderosa Ha hecho todo esto, y no Jehová.28 Porque son nación privada de consejos, Y no hay en ellos entendimiento.29 ¡Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto, Y se dieran cuenta del fin que les espera! (Deut.32:19-29 R60).
A través de toda la historia podemos comprobar las maldiciones del pacto.
LBA Ezekiel 14:21 Porque así dice el Señor DIOS: ¡Cuánto más cuando yo envíe mis cuatro terribles juicios contra Jerusalén: espada, hambre, fieras y plaga para cortar de ella hombres y animales! (Eze 14:21 LBA; ver. Deut.28:15-68).
Resumen del cántico
- Destrucción de los adversarios y expiación de la tierra de Israel
40 Porque yo alzaré a los cielos mi mano, Y diré: Vivo yo para siempre,41 Si afilare mi reluciente espada, Y echare mano del juicio, Yo tomaré venganza de mis enemigos, Y daré la retribución a los que me aborrecen.42 Embriagaré de sangre mis saetas, Y mi espada devorará carne; En la sangre de los muertos y de los cautivos, En las cabezas de larga cabellera del enemigo.43 Alabad, naciones, a su pueblo, Porque él vengará la sangre de sus siervos, Y tomará venganza de sus enemigos, Y hará expiación por la tierra de su pueblo.
- La vida depende de la gracia y de la obediencia a las leyes eternas.
44 Vino Moisés y recitó todas las palabras de este cántico a oídos del pueblo, él y Josué hijo de Nun.45 Y acabó Moisés de recitar todas estas palabras a todo Israel;46 y les dijo: Aplicad vuestro corazón a todas las palabras que yo os testifico hoy, para que las mandéis a vuestros hijos, a fin de que cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley.47 Porque no os es cosa vana; es vuestra vida, y por medio de esta ley haréis prolongar vuestros días sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para tomar posesión de ella. (Deut.32:40-47 R60; ver. Deut.30:15-20).
C. LOS TRES TESTIGOS EN EL DIA DEL JUICIO FINAL[6]
- Llamados a testificar
Después de la resurrección de Cristo los apóstoles estaban interesados en conocer cuándo sería restaurado el reino a Israel. Jesús les respondió:
“No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad, pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Act.1:7-8 R60).
Debían testificar de la revelación de la gracia redentora que había estado oculta desde tiempos eternos, pero que ahora había sido manifestada a través del sacrificio expiatorio del Mesías. (Hech.2:22-36, ver. Rom.16:25-27 y Ef.3:8-11).
El misterio de la piedad.
LBA 1 Timothy 3:16 E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Él fue manifestado en la carne, vindicado en el Espíritu, contemplado por ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido arriba en gloria. (1Ti 3:16 LBA).
Los apóstoles fueron llamados a testificar de los prodigios del Dios Todopoderoso, manifestados en el sacrificio expiatorio de su hijo, ante todo el universo. Este es el misterio de la piedad: El Dios Eterno se hizo carne y habitó entre nosotros.
9 y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas;10 para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales,11 conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor,12 en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él; (Eph.3:9-12 R60).
Unos días antes de la muerte de Cristo, Jesús recordó a sus dirigentes y al pueblo de Israel que si ellos callaban las piedras hablarían.
37 Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto,38 diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; ¡paz en el cielo, y gloria en las alturas!39 Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.40 Él, respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían.41 Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella,42 diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos.43 Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán,44 y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación. (Luk 19:28-44 R60)
¡Qué pena! Por no aceptar a Cristo como el Mesías anunciado por los profetas, el templo sería destruido y ellos llevados en cautiverio por no conocer las profecías anunciadas.
- Las piedras como testigos de prodigios del Señor.
- 12 piedras como memorial de los prodigios del Señor
El pueblo de Israel tomó 12 piedras del fondo del rio Jordán, una piedra por cada tribu, como testimonio del amor y protección que el Señor les prodigó.
5 Y les dijo Josué: Pasad delante del arca de Jehová vuestro Dios a la mitad del Jordán, y cada uno de vosotros tome una piedra sobre su hombro, conforme al número de las tribus de los hijos de Israel, 6 para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué significan estas piedras?7 les responderéis: Que las aguas del Jordán fueron divididas delante del arca del pacto de Jehová; cuando ella pasó el Jordán, las aguas del Jordán se dividieron; y estas piedras servirán de monumento conmemorativo a los hijos de Israel para siempre. (ver. Jos 4:1-9 R60)
- El pacto de Siquem.
R60 Joshua 24:1 Reunió Josué a todas las tribus de Israel en Siquem, y llamó a los ancianos de Israel, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales; y se presentaron delante de Dios.2 Y dijo Josué a todo el pueblo: Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños. (Jos 24:1-2 R60)
19 Entonces Josué dijo al pueblo: No podréis servir a Jehová, porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados.20 Si dejareis a Jehová y sirviereis a dioses ajenos, él se volverá y os hará mal, y os consumirá, después que os ha hecho bien. 21 El pueblo entonces dijo a Josué: No, sino que a Jehová serviremos.22 Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos, de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos.23 Quitad, pues, ahora los dioses ajenos que están entre vosotros, e inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel.24 Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.25 Entonces Josué hizo pacto con el pueblo el mismo día, y les dio estatutos y leyes en Siquem.26 Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios; y tomando una gran piedra, la levantó allí debajo de la encina que estaba junto al santuario de Jehová. 27 Y dijo Josué a todo el pueblo: He aquí esta piedra nos servirá de testigo, porque ella ha oído todas las palabras que Jehová nos ha hablado; será, pues, testigo contra vosotros, para que no mintáis contra vuestro Dios (Jos 24:19-27).
Hasta aquí hemos hablado de los muchos testigos que tiene el Señor, incluidas las piedras. Sin embargo, vamos a remarcar los tres testigos más importantes que están contra el pueblo de Dios.
- Los testigos fieles contra Israel y los testigos de la gracia
d) Los fieles testigos contra el pueblo de Israel. Los cielos y la tierra, la ley puesta al lado del arca y el cántico de Moisés
e) Los fieles testigos de la gracia redentora. Cristo, el testigo fiel y verdadero, el Padre de Jesús y el Espíritu Santo
- El testimonio de Jesucristo
5 y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su sangre, 6 e hizo de nosotros un reino y sacerdotes para su Dios y Padre, a Él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén. (Rev 1:5-6 LBA)
31 El que viene de arriba está por encima de todos; el que es de la tierra es terrenal y habla de cosas terrenales. El que viene del cielo está por encima de todos,32 y de lo que ha visto y oído testifica, pero nadie recibe su testimonio.33 El que recibe su testimonio, ese atestigua que Dios es veraz, (Joh.3:31-33 R95)
R95 John 7:7 No puede el mundo odiaros a vosotros; pero a mí me odia, porque yo testifico de él, que sus obras son malas. (Joh 7:7 R95)
- El testimonio del Padre
13 Entonces Jesús vino de Galilea al Jordán, donde estaba Juan, para ser bautizado por él. 14 Pero Juan se le oponía, diciendo: — Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú acudes a mí?15 Jesús le respondió: — Permítelo ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces se lo permitió. 16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió enseguida del agua, y en ese momento los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él.17 Y se oyó una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia«.(Mat 3:13-17 R95)
- El testimonio del Espíritu Santo
R95 John 15:26 «Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.
Es el Espíritu Santo quien convence de pecado, de justicia y de juicio. El Espíritu Santo nos conduce a los pies del calvario para que aceptemos el sacrificio expiatorio de Cristo. El pecado contra el Espíritu Santo no tiene perdón, porque rechazar su llamado es desechar la gracia y ya no hay más sacrificio por el pecado, porque, “26 Si pecamos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados,27 sino una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios.” (Heb.10:26-27 R95)31 «Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada.32 cualquiera que diga alguna palabra contra el Hijo del hombre, será perdonado; pero el que hable contra el Espíritu Santo, no será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero. (Mat 12:31-32 R95; ver. Heb.6:4-6 y Hech.5:5).
f) El testimonio de Juan en 1ª de Juan 5:6-13.
- El testimonio del Padre, del Espíritu Santo y de Cristo.
- En el bautismo de Jesús, en la cruz y en la resurrección
- El apóstol Juan une toda esta tipología.
3 Pues éste es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos 4 Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. 5 ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?6 Éste es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad. 7 Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. 8 Y tres son los que dan testimonio[7] en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan.9 Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque éste es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de su Hijo.10 El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.11 Y éste es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.12 El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.13 estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.14 Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. (1Jun.5:3-14 R60)
RESUMEN Y CONCLUSIÓN
1.Resumen: Vosotros sois mis testigos
El texto de introducción decía que hay varios testigos y de ellos hemos resaltado algunos de los muchos que hemos mostrado. Aparte de los testigos hemos presentado hay dos siervos que deben testificar sobre el gobierno y el pacto entre Dios y su pueblo. Israel: Israel, el siervo sordo y ciego y el Mesías, siervo de Dios escogido.
a. Jacob: el siervo sordo y ciego que no quiere oír
En primer lugar, el Señor llama a su pueblo para ser su testigo ante las naciones mediante un pacto con Israel de entregarles en herencia la tierra que prometió a Abraham, la tierra de Canaán. Pero este siervo se quedó sordo y ciego, y fue rebelde a las cláusulas del pacto y no fue testigo ante las naciones de las promesas de gracia que debía anunciar para beneficio de aquellos que aceptaran entrar en el pacto.
Entonces el Señor permitió que Israel sufriera las maldiciones anunciadas en el pacto: Asedio de las naciones, hambre, epidemias y destierro. El Señor permite estas maldiciones como medidas disciplinarias para hacerles volver a los vínculos del pacto.
El Señor quiere mostrarles su amor, su gracia y su justicia perdonándoles, pero ellos son rebeldes y se resisten.
Un Dios misericordioso que perdona la rebelión y el pecado, pero que no tendrá por inocente al culpable, sino que un día entrará en juicio con su pueblo y con todas las naciones con el fin de restaurar su ley, su gobierno y sus dominios y entregar la tierra para que la gobierne el Mesías, el hijo de Dios, el Hijo del Hombre, el segundo Adán.
b. El Mesías: el siervo de Dios
En segundo lugar, el siervo que describe el profeta Isaías está profetizado en todo su libro y también en todos los profetas: la simiente de la mujer, la promesa realizada a Abraham de bendecir a todas las naciones a través de su descendencia (Gen.3:15 y cap.22; Gal.3:16).
A Moisés le prometió que levantaría un profeta como él (Deut.18:18-19; Hech.3:22-23).
A los reyes de Israel les recordó la promesa mesiánica repetidas veces (Is.7:14; 9:6-7; 11:1-5; 32:1-3), pero fueron rebeldes el Señor los entregó a las naciones que eran aún peor que ellos. Y finalmente anuncio que juzgaría a las naciones; comenzando el juicio por su pueblo.
c. Comienzo del juicio de Dios
En Daniel siete se nos habla de que el juez se sentó y los libros fueron abiertos. Y en Daniel 8 se nos informa del tiempo del comienzo del juicio en el Santuario Celestial, en el día del Yom Kippur que comenzó en1844.
El juicio comienza por la casa de Dios. Serán juzgados todos aquellos que hayan entrado alguna vez a su servicio y que estén esperando la vida eterna, pero no todos serán justificados, solo los que estén registrados en el libro de la vida del Cordero.
2. Conclusión: Los tres testigos ante el tribunal celestial
a. Tres testigos contra el pueblo del Señor: Los cielos y la tierra, el libro de la ley y el cantico de Moisés- Estos testigos declaran las transgresiones de la ley y la rebelión contra el pacto delante de la corte celestialb.
b.Tres testigos fieles y veraces testifican de la gracia redentora.El padre, el Hijo de Dios y el Espíritu Santo
Estos tres testigos juzgan las obras de todos, el rechazo de la gracia y las oportunidades que perdieron pecando contra el Espíritu Santo[8]. No tienen perdón porque rechazaron la gracia y ya no queda más sacrificio por el pecado, por lo tanto, deben pagar el precio que les pide la ley con la vida. El juez los sentencia a la muerte eterna.
c. La ira de Dios y del Cordero cae sobre los que despreciaron su gracia
R95 Revelation 6:17 porque el gran día de su ira ha llegado y ¿quién podrá sostenerse en pie?». (Rev 6:17 R95)
9 Y un tercer ángel los siguió, diciendo a gran voz: «Si alguno adora a la bestia y a su imagen y recibe la marca en su frente o en su mano,10 él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero. (Rev 14:9-10 R95)
10 Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche. Entonces los cielos pasarán con gran estruendo, los elementos ardiendo serán deshechos y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.11 Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir,12 esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!13 Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia.14 Por eso, amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprochables, en paz. (2Pe 3:10-14 R95)
- El último llamado: Un mensaje de Esperanza
4 Y oí otra voz del cielo, que decía: «¡Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni recibáis parte de sus plagas!, 5 porque sus pecados han llegado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus maldades. (Rev 18:4-5 R95)
El Señor ha puesto delante de todos para elegir: Las bendiciones y la vida; las maldiciones y la muerte, escoge la vida para que vivas tu y tu descendencia (Deut.30:15-20).
- Dios crea nuevos cielos y nueva tierra
- Fin del conflicto
R95 Revelation 21:1 Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado y el mar ya no existía más.2 Y yo, Juan, vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de parte de Dios, ataviada como una esposa hermoseada para su esposo.3 Y oí una gran voz del cielo, que decía: «El tabernáculo de Dios está ahora con los hombres. Él morará con ellos, ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos como su Dios.4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron».5 El que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas». Me dijo: «Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas». 6 Y me dijo: «Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tiene sed, le daré gratuitamente de la fuente del agua de vida.7 El vencedor heredará todas las cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo.8 Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda». (Rev 21:1-8 R95).12 «¡Vengo pronto!, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.13 Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. 14 «Bienaventurados los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas en la ciudad.15 Pero los perros estarán afuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo aquel que ama y practica la mentira.16 «Yo, Jesús, he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana».17 El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!». El que oye, diga: «¡Ven!». Y el que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida. 18 Yo advierto a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añade a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro.19 Y si alguno quita de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.20 El que da testimonio de estas cosas dice: «Ciertamente vengo en breve». ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!21 La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén. (Rev. 22:12-21 R95)
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REFERENCIAS
[1] Los siervos del Señor son muchos y variados, pero aquí vamos a señalar solamente dos: Israel, que es ciego y sordo (Is.42:18-19), y el Mesías, puesto como pacto y libertador (Is.42:1-9).
[2] Todos tendremos que expiar nuestras culpas y pagar a la ley el precio que nos demanda, la vida. Todos tendremos que decidir con qué sangre pagar el precio que nos demanda la ley, si con nuestra propia sangre, como lo hizo Judas, en este caso, si pagas con tu propia sangre mueres eternamente, pero quedas en paz con la ley (Números 35:33). La otra forma de pagarle a la ley es con la sangre de Cristo, como lo hizo David, que, aunque cometió un pecado de homicidio con premeditación y alevosía, fue justificado porque aceptó el sacrificio de Cristo (Salmo 32 y 51)
[3] La palabra hebrea “sefer o seper” se aplica a diferentes corpúsculos en su tamaño y compilación (Ver, Gen.5:1; Ex.24:7; Deut.17:18; 24:1,3; Jos.1:8; 10:13; 2ªSam.11:14; 1ªRy.11:41; 14:19,29; 2ªCr.16:11;17:9;20:34;Esd.6:18 Neh.7:5; Est.6:1; Est.10:2; Sal.40:7; Is.29:11-12; 30:8; 34:16; 50:1; Jer.30:2; 32:11,14,16; 36:2,4; Ez.2:8; Zac.5:2; Mal.3:16; en griego “biblion”Lc.4:17,20).
[4] Los diez mandamientos fueron revelados de viva voz en el Sinaí por Dios y escritos por Moisés. Más tarde fueron grabados por el dedo de Dios en dos tablas de piedra, pero Moisés rompió las tablas de la ley Moisés, a causa de la idolatría de Israel (Ex.19:16-18; 20:1,18-22; 31:18; 32:15-19). Más tarde el Señor le dijo a Moisés que subiera al monte que iba a gravar nuevamente los mandamientos en dos tablas de piedra. El Señor gravó los diez mandamientos con su dedo y ordenó a Moisés que los pusiera dentro del arca y Moisés después los volvió a copiar. (Deut.10:1-10). Los diez mandamientos reflejan el carácter de Dios. Esta ley, que es eterna, nunca puede estar en contra nuestra.
[5] Algunas profecías sobre el Mesías, anunciadas en el libro de la Ley y cumplidas en el Nuevo Testamento (Gen.3:15 ver Lc.1:30-35. Gen.17:19 ver Lc.3:23-34. Gen.18:17-18 ver Hech.3:24-26. Gen.22:14,18 ver Hech.3:25-26; Gal.3:14,16; Lc.23:33. Gen.49:10 ver Lc.3:23-35. Nm.24:17; ver. Jn.19:19; 4:25; 8:28; 17:8. Deut.18:15-19; ver. Hech.3:22-23; Jn.6:14; 12:48-50. Deut.32:43; ver. Rom.3:25, 21-26; Heb.12:24; Heb.10:26-31).
[6] Comienzo del juicio en el año 1844 y terminará al fin del tiempo de gracia. «Estuve mirando hasta que fueron puestos unos tronos y se sentó un Anciano de días. Su vestido era blanco como la nieve; el pelo de su cabeza, como lana limpia; su trono, llama de fuego, y fuego ardiente las ruedas fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante de él; miles de miles lo servían, y millones de millones estaban delante de él. El Juez se sentó y los libros fueron abiertos.” (Dan 7:9-10 R95)
«Miraba yo en la visión de la noche, y vi que con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre; vino hasta el Anciano de días, y lo hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará; y su reino es uno que nunca será destruido.”
(Dan 7:13-14 R95)
Este juicio se está celebrando desde 1844 en las cortes celestiales en presencia del Dios Todopoderoso y ante los representantes de todo el universo. Este juicio está tipificado en el día del Yom Kippur (Dn.8:14). El juicio comienza por la casa de Dios, por todos aquellos que alguna vez entraron en su servicio y por todos los que esperan heredar la vida eterna. El juicio comienza primero por los muertos y terminará con los vivos. Este juicio determinará quienes son dignos de heredar la vida eterna y quienes serán destruidos con el fuego eterno. (Mal.4:1; 2Pd.3:10-12)
Aquellos que deseen conocer más sobre este tema, pueden leer en el libro del Conflicto de los Siglos de EGW, 6ª edición de 1968; Capítulos 24 y 25.
El juicio por los impíos se celebrará durante el milenio y estarán presentes todos los redimidos (Ap.20). Al final de los mil años Cristo regresa a la tierra con los santos redimidos. Resucita a todos los muertos impíos desde el principio para juzgarlos y darles el castigo que merecen: La muerte eterna (Ap.20:7-15).
[7] Algunas versiones incluyen una glosa en 1Jn.5:7 que no está en los manuscritos más antiguos: “en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra”. Es una glosa que se introdujo en el texto griego en el S. XV-XVI, a través de la Vulgata latina por un error del copista. Aunque podríamos considerar el añadido como una explicación al texto, sin embargo, podemos ver en el contexto del capítulo que no añade nada que no se infiera del texto pues el original en griego no deja lugar a dudas. La lectura correcta sería: tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan. Después cada cual puede sacar sus conclusiones sobre lo que quiso decir el apóstol. Ciertamente, el testimonio lo han dado el Padre y el Espíritu Santo desde el cielo el día del bautismo de Jesús y también por medio de la sangre y el agua en su crucifixión. Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua, y el apóstol Juan se suma al testimonio. (Jn.19:34)
35 Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis,
36 pues estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura: «No será quebrado hueso suyo». (Joh 19:34-36 R95)
[8] Ejemplos del pecado contra el Espíritu Santo los tenemos en las vidas de Caín, Judas y Ananías y Safira. No es suficiente el arrepentimiento, como lo hizo Judas, hay que aceptar el sacrificio expiatorio sustitutorio de Cristo para poder conservar la vida. David, aunque planeó la muerte de Urías y cometió el homicidio, fue perdonado porque confió en Dios y se refugió en su misericordia (Sal.32; 51 y 62).
Todos debemos expiar nuestras culpas y pagar a la ley la deuda contraída. Existen dos formas de pagar: Con nuestra propia sangre o con la sangre de Cristo.
Judas reconoció que había pecado y guiado como rabino y conocedor de la ley del talión, se arrepintió y decidió entregar su vida. El quedó en paz con la ley, pero murió eternamente porque no aceptó la sangre de Cristo.
La otra forma de expiar nuestros pecados es aceptando la sangre de Cristo que nos limpia de todo pecado, mediante el bautismo que tipifica la muerte y la resurrección de Cristo y nuestra. Muertos a la ley, ya no puede condenarnos. (Rom.6 y Col.2:12-14). Aún para el pecado por planear el asesinato existe perdón: David acepto el perdón confiando en la gracia del Señor, pero el pecado contra el Espíritu Santo no tiene perdón porque rechaza la sangre de Cristo.